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Con los principios no se negocia.


El desarrollo tecnológico, signo de nuestro tiempo, nos presenta con frecuencia dilemas a los que nunca antes nos habíamos enfrentado.
Y es común que, en el afán progresista, adoptemos estas tecnologías o conceptos sin mucha conciencia de los efectos y riesgos que conllevan. Se requiere de principios, disciplina e integridad para enfrentarse a esta ilusión de progreso y deshojar profundamente sus verdaderas virtudes y perjuicios.
En el contexto social, considero imprescindible el desarrollo de marcos legales, claros y precisos, en especial cuando se trata de la protección de la vida humana.
Ya por varios años se ha debatido profusamente en la arena científica, ética y moral el principio de la vida, esto es: ¿a partir de cuándo el hombre es considerado persona?
Hoy ya es indudable que la vida humana inicia en el momento de la concepción. Para los que participamos en la rama de la agrotecnología, nos queda claro que, desde la perspectiva científica, la vida inicia en el momento que el ADN y los genes del padre (polen) se unen a los de la madre (célula huevo) para formar un cigoto. Si cuando trabajamos con plantas y animales nos es lamentable perder un "embrión", cuánto más cuando se trata de un ser humano.
Eliminar a un ser humano concebido es lo mismo que matar a un ser humano en cualquier otra etapa de su vida. Este acto vil no es otra cosa que el asesinato de un inocente en manos de un poderoso.
Para complementar un poco esta visión conviene, desde una perspectiva práctica, echar un vistazo a las consecuencias que se han vivido en otros países cuando no se ha respetado el derecho a la vida desde la concepción y ésta ha sido abortada o manipulada. ¿Dónde están estos países hoy?
Paradójicamente, los casos más patéticos los encontramos en los países desarrollados. Naciones "vanguardistas" donde el valor de la vida se ha ido erosionando entre muchos sectores de la sociedad, primero con argumentos terapéuticos, luego económicos y finalmente de "libertad personal", sin reconocer en ningún momento que además se atenta contra la dignidad de la propia mujer cada vez que ésta elimina a un ser en su vientre.
Es inconcebible que una madre mate a su hijo. Se ha denigrado tanto la vida entre algunos sectores de estas sociedades, que hoy la vida en estas naciones ha perdido gran parte de su sentido y, a pesar de su creciente auge económico, hemos podido atestiguar tristemente cómo el egoísmo, el consumismo, el hedonismo y la violencia hacen presa de sus ciudadanos desde muy temprana edad.
Es muy común que estas naciones midan el progreso por índices de bienestar económico, pero cuándo hemos visto índices del crecimiento moral de una sociedad.
Yo estoy convencido de que ambas metas son alcanzables y complementarias. No podemos concebir una nación sólida y poderosa si no existe un crecimiento moral en paralelo al desarrollo del bienestar económico de su gente.
No se puede buscar el progreso, si éste va en contra de la vida. A una sociedad sin amor no se le puede llamar progresista.
Podemos concluir con certeza, al estudiar estas naciones, que al restarle valor a la vida humana, se denigra ineludiblemente el propio ser humano; y que el progreso económico no es suficiente si éste no va acompañado de un progreso moral, lo cual representa para los mexicanos un doble reto.
Es imprescindible establecer las condiciones necesarias para que los millones de mexicanos que permanecen aún en la pobreza puedan encontrar caminos para desarrollar fuentes de ingreso y, al mismo tiempo, propiciar su crecimiento moral.
Para lograrlo es indispensable educar con disciplina en un marco de libertad y responsabilidad. Estamos conscientes de los momentos difíciles a los que se enfrenta una mujer embarazada en condiciones adversas; sin embargo, también sabemos que es un hecho que existen opciones de vida, que como la adopción, son una de las muchas soluciones que dignifican al ser humano.
En ningún momento he dudado en solidarizarme, al igual que otras tantas  personas, con  buscar proteger la vida desde la concepción.
Encuentro en ella la oportunidad de desarrollar en nuestra cultura la conciencia de que todo el concebido es una persona y, sobre todo, de reconocer el valor más alto del ser humano, que es el del derecho a la vida, sin el cual todos los demás derechos carecen de sentido.
No se trata de castigar más a la mujer, sobre todo cuando ésta puede ser una víctima; mas bien se trata de defender al niño inocente que está dentro del vientre de su madre y que tiene una identidad y personalidad distintas.
El consagrar la vida en las leyes debe convertirse en el punto de partida para llevar protección y salud a las familias nuevoleonesas, en especial a las madres y a sus hijos.
Desafortunadamente, todavía hay quien se atreve a negar que el concebido es un ser humano. La ciudadanía ya se ha manifestado. Estamos ante una oportunidad histórica para reafirmar la dignidad humana que tienen todos los concebidos.
Está en manos de los legisladores el respetar la voluntad de los ciudadanos, reconociendo en las leyes ese derecho a la vida desde la concepción.
En esto no hay medias tintas ni omisiones, o se está a favor de la vida o se está en contra, porque con los principios no se negocia.

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